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Lengua vulgar de España: por qué el español es nuestra lengua común

La propaganda nacionalista sostiene que el español es una lengua sin raíces en Cataluña o País Vasco, importada, ajena, algo que no se corresponde con la historia filológica de España.

 

letraslibres.com

Por Juan Claudio de Ramón

Dos libros de lectura reciente me han ayudado a comprender de forma cabal la historia de la convivencia de lenguas en España. El segundo ha dado cimientos fuertes a una creencia que yo ya tenía. La lectura del primero ha tenido para mí efectos emancipatorios. Empecemos con él. Se trata del El rumor de los desarraigados: Conflicto de lenguas en la península ibérica, del lingüista Ángel Lopez García-Molins. El carácter subversivo de la obra, Premio Anagrama de Ensayo en 1986, lo barruntó el exlíder independentista catalán, Ángel Colom: “un libro muy peligroso”, dijo. ¿Por qué? Porque a través de una indagación filológica higienizada de ideología, López desarmaba la mentira con que el establishment nacionalista intenta polinizar la conciencia de los catalanes: que el español es una lengua sin raíces en Cataluña, ajena, importada, ilegítima; la lengua de los otros, en suma.  

Ante lo errado de esta doctrina, y advertido de que los españoles carecen de información clara respecto de la historia de la que, en la mayoría de casos, es su lengua materna, López desarrolló su tesis. Parte de asumir que castellano y español no son, como suele creerse, sinónimos. En sentido técnico, el castellano fue un dialecto centropeninsular, como el leonés o el navarro-aragonés. El español era otra cosa: una lengua de urgencia que hablantes de vasco, es decir, los únicos peninsulares que no disponían de un romance, articularon para entenderse con sus vecinos.

Esto es: el español nace como un latín mal aprendido con fuertes influjos del euskera, en un área de frontera vascoparlante. Conjetura consistente con el hecho de que el primer testimonio escrito de la nueva lengua coincida con el primer registro del euskera: las glosas emilianense conservadas en el monasterio de San Millán, en La Rioja. Ahí tenemos, en el siglo X, al primer bilingüe conocido en euskera y español: el monje copista que hace acotaciones en una y otra lengua mientras escudriña un texto latino. A partir de ahí, el español, esa koiné central, simplificada y sin adscripción nacional, se extiende por el Norte de España como un rumor de desarraigados, de hombres y mujeres sin raíces locales o espaciales fijas: peregrinos, cruzados, mercaderes, frailes, mesnadas reales y gente llana llamada a repoblar los burgos ganados a Al-Andalus, que arrastraban consigo un nuevo vehículo comunicativo, una lengua que era de todos y de ninguno.

Es decir, frente a la tendencia a pensar que el castellano fue primero la lengua de Castilla que después se impuso, por fuerza o grado, al resto de territorios españoles, López ofrece pruebas filológicas para afirmar que el “castellano” nace ya como lengua común, es decir, como español, y conoce su primera expansión cuando Castilla carece de importancia política. Cuando más tarde, al calor del apogeo militar, político y económico de Castilla –reino que ha adoptado la koiné como cosa suya y le ha dado ortografía– toda la nobleza peninsular empiece a hablar y escribir en esa lengua común –sin por ello abandonar las otras: nadie piensa aún en los maniqueos términos del nacionalismo–, el proceso de expansión se completa.

La prueba palmaria de esta realidad se encuentra en el testimonio de un anónimo que en 1559 publica en Lovaina una gramática de la koiné. En el prólogo, discutiendo las lenguas que en España se hablan, y tras mencionar la “vazquense”, la “aráviga” y la catalana, alude a la que será su objeto de estudio: “El quarto lenguaje es aquel que io llamo Lengua Vulgar de España porque se habla i entiende en toda ella generalmente i en particular tiene su asiento en los reinos de Aragón, Murcia, Andaluzía, Castilla la nueva i vieja, León i Portugal; […] A esta que io llamo Vulgar, algunos la llamaron Lengua Española”.

¡Hablada y entendida en toda ella generalmente! ¡En 1559! Porque 1559, conviene notarlo, está a dos siglos de distancia de la Nueva Planta y a cuatro de Franco. En suma, si bien es cierto que en la Edad Moderna el español ha sido a trechos idioma impuesto, lo que no podrá decirse es que haya sido nunca un idioma extranjero. Una parte esencial de la historia de las comunidades bilingües españolas está escrita, sin violencia, en español, en la koiné, en esa Lengua Vulgar de España, que a todos pertenece.

Para corroborarlo, acudamos al segundo libro invocado: Otra Cataluña: Seis siglos de cultura catalana en castellano, de Sergio Vila-Sanjuán (Destino, 2018). Escrito por un gran cronista de Barcelona, el libro documenta cómo durante seis siglos, los que van de Enrique de Villena a Eduardo Mendoza, una parte fundamental de los creadores catalanes han utilizado el español como vehículo de expresión, y que solo al precio de una mutilación terrible de la propia herencia, se puede pretender ocultar la condición bilingüe de Cataluña en su historia.

Dos libros, por tanto, complementarios. Sus autores se citaron hace poco en una jornada sobre convivencia lingüística en Barcelona organizada por Societad Civil Catalana. Desde el público se preguntó: ¿castellano o español? Mientras López manifestaba su preferencia por “español”, y subrayar así su condición de lengua común entre españoles, Vila-Sanjuán se acogía al razonable argumento de que al llamarlo “castellano”, liberamos la categoría “español” para las restantes lenguas del país, que serían igualmente españolas. Dos puntos de vista sensatos, aunque si me preguntan a mí, últimamente me inclino por “español”: la razón es que al decir “castellano”, convertimos, subliminalmente y a oídos de gallegos, vascos, navarros, catalanes, valencianos y baleares, la lengua común en la “lengua de los castellanos”, es decir, en la lengua de los otros. Cosa que, como hemos explicado, históricamente no se corresponde con el itinerario histórico de la koiné

En cualquier caso, ambos usos son corrientes y no hay obligación de escoger. Lo importante es conservar el afecto por esta inveterada lengua franca entre españoles, que el azar de la historia hizo potente koiné internacional, y hacer lo posible por que quien lo haya perdido, lo recupere. Naturalmente, el resto de lenguas que se hablan en nuestro país también son españolas y la democracia del 78 así lo supo reconocer.

Aunque se le regateen sus méritos, el aprendizaje plurilingüe del Estado en estos años ha sido notable. Cuando algunas personas hemos pensado que era hora de culminarlo y desarrollar normativamente el artículo 3 de nuestra Constitución, a fin de regular los derechos de los hablantes y poner fin a las amargas disputas lingüísticas entre ciudadanos y administraciones, hay quien ha sospechado que, queriéndolo o no, una ley de lenguas podía terminar rebajando el estatus de lengua común para el español, dando otra victoria a los nacionalistas.

No comparto esa suspicacia pero la comprendo: el cariz excluyente de las políticas lingüísticas de las comunidades bilingües –en grado variable y con Cataluña a la cabeza– ha escalado tales cotas de sinrazón que buena parte de la opinión publica no entendería que el Estado profundizase en su compromiso con el plurilingüismo si antes las comunidades no dan marcha atrás en políticas que deliberadamente buscan poner un estigma al uso del español; a esa Lengua Vulgar de España, hebra principalísima con la que se tejió la historia cultural de los españoles, también, lo sepan o no, la de quienes no quieren serlo. 

 

 

 

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