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“La ‘-e’ como género neutro es un acto político, no lingüístico”

El mundo

La RAE sigue debatiendo, a instancias del Gobierno, la adecuación de la Carta Magna al lenguaje no sexista. Mientras, en Argentina y Chile empieza a ser visible el morfema ‘-e’ como género no marcado

Una pintada con lenguaje inclusivo, en La Plata, Argentina.

El pleno de la Real Academia Española estudió ayer por segunda vez el informe sobre la reforma verbal de la Constitución Española encargado por la vicepresidenta Carmen Calvo y elaborado por sus miembros Ignacio Bosque, Paz Battaner, Pedro Álvarez de Miranda e Inés Fernández Ordóñez.

491 palabras de género masculino no marcado («españoles»; ciudadanos»; «diputados»…) sobre un total de los 18.473 términos que forman la Constitución están pendientes de desdoblamiento («españoles y españolas», etcétera). El Gobierno estudia reescribir la Carta Magna según criterios de lenguaje no sexista y la Academia actúa como consultor. Según explica Paz Battaner a Papel la discusión seguirá en enero. Se da por hecho que su informe dirá que no hay motivo lingüístico para el cambio. Si el Gobierno cree que hay un motivo político, que tome una decisión política.

Al otro lado del mundo hispanohablante, en América, los cambios van más rápido: el uso de un nuevo morfema no marcado -e (como en «les amigues») se ha hecho visible en las revueltas de Chile, en los carteles y en las pintadas. Antes, ese morfema se extendió por Argentina.

«El uso de la -e empezó a ser visible en Buenos Aires, en 2018, en la discusión de la ley del aborto», explica Daniela Lauria, lingüista e investigadora en el Conicet (el equivalente argentino del CSIC). «Las chicas de las escuelas secundarias que esperaban la decisión del Senado [negativa] empezaron a usar la -eespontánemente. Antes, ya circulaban soluciones parecidas, pero sólo la -e tuvo éxito».

A estas alturas, seis universidades argentinas han manifestado públicamente que aceptan textos académicos redactados con esa -e neutral (la de Rosario lo anunció ayer mismo) y la campaña del presidente Alberto Fernández ha empleado el morfema. «En el discurso público académico está extendido. La RAE dice que no lo considera necesario porque el masculino no marcado ya incluye a las mujeres… Bueno. Eso puede afectar al sexismo, a la no visibilización de lo femenino. Pero la -e también incluye a las personas trans o que no quieren identificarse en masculino o femenino… Éste es un acto político que no tiene nada que ver con la gramática.Mi posición es que sí se puede cambiar al lengua, que todos lo hacemos cada día. Y que tomar la palabra ya es hacer la política, tomar partido».

«Es evidente que es un acto político, no lingüístico. Como acto lingüístico sólo se puede considerar una broma», responde su colega Pedro Álvarez de Miranda, autor de El género y la lengua (Turner, 2018). «En ninguna lengua se ha inventado un morfema de género de la nada. Es tan absurdo como que un grupo decida que perro signifique, en adelante, mesa».

«Una lengua es un conjunto de convenciones sociales aceptados por una masa. Si los promotores de la -e consiguen un consenso entre los 560 millones de hablantes del español, me retractaré de todo lo dicho, pero dudo que el señor que pinta niñes en una pared de Chile, en casa diga niñes».

Hay una paradoja: los partidarios del cambio sostienen que el idioma pertenece a los hablantes y que si estos quieren usar la -e, las «élites normativas» (la RAE) no tienen por qué frenarles. Pero, sus detractores dicen que, en realidad, son elles la élite académica que quiere imponer una revolución desde arriba que, en realidad, nadie demanda.

“La lengua es una forma de expresar nuestra subjetividad y construir nuestra identidad. Es por medio del lenguaje que construimos representaciones e identidades, así que no puede ser ajeno a las disputas sociales e ideológicas. Los cambios lingüísticos, en este caso, están acompañando cambios sociales significativos. El cuestionamiento al orden sexo-genérico, es decir, a las relaciones de subordinación existentes, que está observándose actualmente tiene como correlato la puesta en cuestión de aspectos fundamentales de la estructura de la lengua” contesta, desde Buenos Aires, la lingüista Sara Isabel Pérez.

Su colega Marina Mariasch añade otra clave: “Lo que demuestra el lenguaje inclusivo es que hay una fluidez del lenguaje, un cambio permanente que es imposible de fijar. No hay una búsqueda de una legitimación a través de la norma. El uso ya legitima el lenguaje“.

Creo que el tema que pone en cuestión este debate es cómo se “construye” la norma; es decir, es una cuestión vinculada con el poder.

Es llamativa la reacción que el lenguaje inclusivo ha despertado tanto en los defensores de la norma como en los grupos más conservadores. Y, por otro lado, la resistencia y respuestas hostiles que su uso genera, sobre todo, en las redes sociales.

María Martín Barranco, autora del ensayo Ni por favor ni por favora (Libros de La Catarata), abre otra grieta: «Me he pasado toda la vida reivindicando una forma que me representara.Y la gramática española me la da: amigos y amigas. La -e es legítima para muchas personas pero a mí no me representa. Y ya veo malos usos de esa -e».

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