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Feminazi, el término maldito

Greta Digirolamo/ Ilustración: Violeta Cereceda

En 1992 Rush Limbaugh, locutor de radio, comentarista político e integrante del Partido Republicano de Estado Unidos, popularizó la palabra feminazi en su libro Cómo deberían ser las cosas. Allí, relaciona al feminismo con el nazismo, comparando el derecho al aborto con el Holocausto de la Alemania de Hitler porque, según él, la feminazi es una “feminista radical cuyo objetivo es que haya la mayor cantidad de abortos posible”. En febrero de este año, ante la furia de miles de feministas, el gobierno de Donald Trump otorgó a Limbaugh la Medalla Presidencial de la Libertad, el reconocimiento más importante que puede recibir un civil en ese país.

Desde los años 90, la expresión ha ido alcanzando mayor popularidad por parte de los detractores del movimiento feminista. Y se ha convertido en la palabra más repetida del discurso antifeminista en distintos lugares del mundo, incluido Chile, que en 2017 fue el país de habla hispana líder en la búsqueda del término en Google.

La feminazi se ha perfilado como una caricatura absurda con características rígidas y estereotipadas: una mujer de carácter fuerte, histérica, soberbia, violenta, que odia a los hombres y probablemente es lesbiana, torso desnudo, promiscua y no depilada. O sea; lo opuesto al estereotipo de señorita que se espera según el mandato patriarcal.

Se dice que las feministas somos nazis porque se nos considera radicales en el sentido de ser intransigentes con nuestros principios y defenderlos en voz alta. Según el Diccionario de Oxford del argot político (2006), feminazi se refiere, de forma peyorativa, a “una feminista comprometida o a una mujer de voluntad fuerte”.
La Real Academia Española (RAE) también tuvo un intento de definir este concepto. Aunque no lo incluye en su diccionario, realizó una polémica publicación en Twitter luego de recibir una consulta a través de la red: “La voz ‘feminazi’ (acrónimo de “feminista”+“nazi) se utiliza con intención despectiva con el sentido de “feminista radicalizada”. La explicación generó una oleada de críticas por considerar que validaba una palabra despectiva hacia las mujeres y el movimiento.

La convicción feminista genera rechazo especialmente frente a situaciones cotidianas de machismo que para muchas personas pueden ser inofensivas, pero que en realidad son micromachismos que son parte de un continuo de violencia que hay que erradicar. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los mal llamados piropos, comentarios sobre nuestro físico que otras personas se dan la libertad de hacer en cualquier momento. Muchas veces pueden suponer una validación de la mujer por su forma de ver por sobre otros atributos y capacidades o directamente implicar acoso sexual. Por alzar la voz contra este tipo de situaciones nos tildan de exageradas.

Además, la imagen de la feminazi simplifica a las simpatizantes y activistas del movimiento feminista, invisibilizando su amplia diversidad en edad, origen racial, clase social e incluso discurso político. ¿Cuántas –y cuántos– habrán decidido no involucrarse en el feminismo por no sentirse identificadas con la figura imaginaria de la feminazi?

“No es menor lo que nos pasa a nosotras con el término. Por no querer ser tildadas de feminazis, se produce cierta regulación o autocensura. Es un fantasma que nos pesa. Tenemos que entender que no por ser radicales en nuestras exigencias nos transformamos en la caricatura. Hay que perder el miedo a la radicalidad porque el feminismo busca cuestionarlo todo”, explica Mónica Maureira, periodista feminista, ex consultora de la UE en temas de género y académica de la UDP. La historia de las vindicaciones de las mujeres está llena de toda clase de episodios en los cuales se nos ridiculiza y sataniza. Cuando las sufragistas reclamaban su derecho a voto, abundaron los afiches que se burlaban de ellas diciendo que nunca habían sido besadas o las tildaban de malas madres y de violentas.

“Hay una odiosidad hacia las mujeres organizadas que demandan derechos. Quieren ridiculizarlas en sus demandas y en cómo las expresan: con capuchas, sin ropa. Es un intento de resguardar los privilegios que cierta clase de hombres tienen con el statu quo que predomina”, afirma Maureira. Como expresó la escritora feminista inglesa Laura Bates, fundadora del sitio web Everyday Sexism Project (Proyecto de sexismo cotidiano), el término feminazi “es un intento desesperado por demonizarnos”.

Lo cierto es que el feminismo es un movimiento que busca la liberación de las mujeres y de la sociedad en su conjunto, el fin a la opresión, la igualdad de derechos, la redistribución justa del poder, el cese a la violencia de género, respeto a la naturaleza y el buen vivir en general. Por lo mismo, no es casualidad que Hitler se haya opuesto férreamente al movimiento feminista. En uno de sus libros, la periodista feminista y judía Gloria Steinem narra cómo el régimen nazi cerró clínicas de planificación familiar, declaró el aborto como un crimen contra el Estado, obligó a huir de Alemania a feministas relevantes de la época y asesinó a varias en campos de concentración. Incluso los nazis tuvieron un campo dedicado a las mujeres, el 80% de las cuales eran presas políticas. Fueron sometidas a trabajos forzados, torturas, violaciones y experimentos. Que no nos engañen: el feminismo es completamente opuesto al nazismo.

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