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La narrativa del silencio

El Mostrador

Salir a comprar pan se ha convertido en toda una aventura, unos breve minutos para mirar árboles, pájaros y otras personas. El viernes caminaba feliz a la panadería –con permiso, por supuesto– cuando los argumentos de los ministros del Tribunal Constitucional, Iván Aróstica, Juan José Romero, Cristián Letelier, José Ignacio Vásquez y Miguel Fernández empezaron a invadir mis grupos de WhatsApp y Twitter. La felicidad de la salida se convirtió en amargura frente a una nueva ofensiva de la homofobia institucionalizada.

Los ministros en cuestión decidieron no reconocer a un matrimonio entre dos mujeres lesbianas celebrado en un país extranjero, utilizando conceptos al menos curiosos, como “orden público matrimonial” y echando mano de prejuicios que parecen quitar el sueño a cierto sector de la sociedad chilena –los matrimonios sui generis– que permitirían matrimonios polígamos, convenidos por los padres e incluso con niños.

Invito a los lectores y especialmente a los señores ministros a hacer un pequeño ejercicio de reflexión y empatía. Piensen en crecer y vivir en el miedo de tener una orientación sexual diversa a la heterosexual.

La primera vez que escuche la palabra “gay” fue en el colegio, estaba en segundo o tercero básico. Los mismos amigos con los que compartía recreos, clases y cumpleaños me sindicaron como el homosexual del curso, un paria entre machos recios de siete u ocho años, culpable de un hecho que apenas podía comprender. Lloré amargamente en la casa de mi abuela toda la tarde de un sábado, mientras trataba de explicarles a mis papás lo que me habían dicho.

Fueron años de dudas y temores. Probablemente hoy, a la distancia, esos mismos compañeros no lo recuerdan. Yo sí lo recuerdo, cada cierto tiempo reviven esas imágenes, los comentarios en los pasillos, las preguntas nunca hechas en las clases de orientación sexual, la culpa en cada confesión, el terror al descubrimiento de algo incomprendido y socialmente peligroso. No es fácil crecer en un mundo donde la orientación sexual es una mezcla de amenaza y enfermedad desconocida, un murmullo que te envuelve y censura (de) tus propias experiencias.

Para qué hablar de poder enamorarse, de conocer a otro u otra como tú. El temor al desprecio convierte nuestras historias en una narrativa del silencio, en clandestinidad. El imaginario colectivo ha construido un mundo en las tinieblas de lo que la diversidad sexual es, de ello dan buena cuenta la literatura, la música, el teatro. Ese mundo es lo que surge en los márgenes de las narrativas dominantes, que no permiten cuestionamientos a sus cánones hegemónicos de comportamiento. Qué ejercicio tan cansino es tener que soportar las preguntas sobre la niña que te gusta, cuando no te gusta ninguna.

El silencio se expande –venenoso– a todas las áreas de la vida, va conquistando cada rincón, alcanzando todas las actividades cotidianas. Las clases de deportes se convierten en horas insufribles para los niños que prefieren la gimnasia rítmica al fútbol, una preferencia más allá de la compresión de los profesores. Y así, el silencio termina por invadir ese nuevo lugar y el niño no juega ni fútbol ni hace gimnasia, se contenta con mirar desde afuera, testigo mudo de una decisión que no tomó.

La lista es larga, y como mi intención no es ni aburrirlos con una lista insufrible ni usarlos de psicoterapeutas, hasta aquí los ejemplos.

Esta narrativa del silencio lleva a miles de niños, niñas y adolescentes a quitarse la vida cada año. Chile lleva años punteando en los índices de suicidios por discriminación en razón de la orientación sexual y de género. Qué orgullo para nuestra sociedad. Los que logran continuar con sus vidas, la llevan a cuestas por años, a veces por décadas, el silencio infantil crece, se transforma en un mutismo adulto, que acompaña matrimonios infelices, la renuencia a presentar parejas en la fiesta de la oficina o a llevarlos a la Navidad familiar.

Ayer, leyendo la nueva sentencia del Tribunal Constitucional sobre matrimonio igualitario, mi propia narrativa del silencio se tornó una vez más en rabia. Un grupo de abogados ilustres decide no solo que es inconstitucional en nuestro ordenamiento jurídico reconocer un vínculo matrimonial celebrado entre dos mujeres o dos hombres, sino que también da un paso más y se aboca a ejemplificar los profundos horrores a los que se vería sometida nuestra pobre sociedad si permitimos a esas personas formalizar ante la ley sus relaciones sentimentales. La narrativa del silencio transformada en narrativa del horror, con el elegante membrete de nuestra justicia constitucional.

Ni la dignidad ni igualdad ante la ley parecen importar a los señores ministros que concurren a la decisión. ¿Será que se perdieron esas clases de Derecho Constitucional? Invito a todos ellos a reflexionar con un mínimo de empatía y pluralismo. Ningún miembro de la sociedad chilena merece vivir en una narrativa de silencio por las opiniones o miedos de cinco hombres heterosexuales. Ningún niño, niña y adolescente debería crecer en una historia de censura y omisión por los prejuicios de quienes tienen en sus manos la protección de la igualdad y dignidad de los ciudadanos.

Por Francisco Castillo Mora

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