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Lenguaje: El racismo (involuntario) que nos sale por la boca

El Mostrador

“Yo no soy racista.” Esta afirmación tan manida, mediatizada y distorsionada ha perdido mucho de su sentido social en la actualidad. Bajo la premisa de que todos somos iguales se esconde una realidad mucho más compleja que atañe al conjunto de la sociedad y que va desde el plano cognitivo hasta el uso del lenguaje.

¿Cómo hemos llegado a este punto?

En las últimas décadas se ha minimizado a menudo la importancia de ser negro o blanco, por ejemplo, afirmando que los derechos de las personas están garantizados por una constitución o que la sociedad ha evolucionado mucho en este sentido.

Escuchar a alguien razonar que no lo ve en ningún lado o en otros países sí pero aquí no, resulta bastante común. Tan común como el hecho de que estas afirmaciones provengan de alguien que pertenece al grupo dominante (generalmente blanco/a en el mundo occidental).

En muchos contextos este comportamiento se engloba en la idea de postracialidad o incluso colorblindnes, es decir, el hecho de minimizar la significancia del color de la piel porque, teóricamente, se han superado esos prejuicios. Al fin y al cabo, si un país altamente segregado en el pasado como EEUU ha tenido un presidente negro, qué más pruebas queremos.

¿Pero no es así?

Evidentemente, el nivel de pigmentación de la piel no determina absolutamente nada sobre las capacidades y/o destrezas de una persona. Esa diferenciación la hacemos nosotros (o nuestro cerebro) al asociar de manera consciente o inconsciente rasgos divergentes a individuos que comparten rasgos físicos.

Esto es así porque nuestra mente intenta simplificar la realidad que nos rodea para que podamos ser funcionales. Pero este mecanismo de supervivencia presenta desafíos. Por ejemplo, las etiquetas blanco y negro para identificar personas son altamente imprecisas, ya que tal y como el proyecto de la fotógrafa Angélica Dass ilustra, técnicamente nadie es puramente blanco o negro.

Dicho esto, funcionar en la sociedad asumiendo que la cuestión racial es irrelevante o inexistente no hace más que provocar el efecto contrario: la hiperracialidad. Y esto es así, porque esa realidad que decimos no ver afecta a muchas personas en su día a día.

Entonces, ¿soy racista?

La respuesta es, sí, todos lo somos. Pero he aquí algunos matices. En primer lugar, debemos abordar este asunto desde el plano cognitivo. Nuestro cerebro está compuesto de una serie de redes neuronales que se desarrollan a medida que procesamos nuestro entorno. En este proceso se producen una serie de asociaciones de distinta intensidad que pueden decantar nuestro sesgo hacia una determinada categoría. En este sentido, formar parte de un determinado sistema social hace que nuestras categorías raciales también se formen en consonancia a la estructura social que nos rodea. En otras palabras, ser racista generalmente no sólo depende del individuo, sino que responde a una realidad social que le rodea.

Por este motivo, en diferente grado, replicamos comportamientos claramente racistas (incluso en contra de nuestra voluntad) gracias a que estén plenamente normalizados. El racismo cotidiano, que no vemos, es sentido por las minorías con miradas en supermercados, en controles de seguridad, en el transporte u hospitales públicos, etc.

A medida que la popularización de las redes sociales ha dado voz a un mayor número de comunidades minoritarias, casos concretos de estos comportamientos racistas han tenido una fuerte repercusión mediática. El caso de blackface (pintarse la cara de negro) o las implicaciones de vestirse con los símbolos asociados a un determinado grupo étnico como disfraz (o moda) va más allá de ser gracioso, nos guste o no.

Lingüísticamente, además de expresiones populares claramente problemáticas (ej. “trabajar como un negro” o “no hay moros en la costa”), hechos como el uso o apropiación de variedades lingüísticas asociadas a grupos a los que no pertenecemos (language crossing), evidencian otra dimensión del mismo fenómeno.

Alguien puede pensar que tiene derecho utilizar un acento o una variedad lingüística ajena (asociada con un grupo étnico en este caso) con un fin concreto, al igual que cualquiera tiene derecho a hablar o aprender español o inglés. Cruzar estas barreras sociales o étnicas suele ser problemático.

Al fin y al cabo, si fuese lo mismo, debemos preguntarnos por qué no vemos esas variedades no-estándar en los informativos, en las escuelas de idiomas, en puestos de dirección, etc. En otras palabras, tanto en el ejemplo de blackface como el de language crossing hay cuestiones de legitimidad importantes. Aunque es muy difícil generalizar, cuando alguien que pertenece a un grupo social dominante, o es hablante de una variedad cercana al estándar, toma este tipo de decisiones, ignora el coste social que sufren sus hablantes, refuerza estereotipos y hace uso de su estatus superior para permitírselo.

¿Hay solución?

Si realmente queremos resolver este tema, hay que darle la vuelta. En lugar de minimizar la cuestión racial, debemos ponerla sobre la mesa. La sociedad ha de moverse desde una apatía más o menos generalizada a un estadio de conciencia, es decir, desde el colorblindness debemos avanzar hacia el color awareness. Actuaremos mejor cuando la sociedad dé espacios y reconocimiento a miembros de esos grupos étnicos, permitiendo nutrir la carga cognitiva asociada a estas categorías raciales de referentes similares a los de nuestras categorías.

En un plano más práctico, la próxima vez que escuchemos/usemos cierta expresión o tengamos un comportamiento que conlleve referencias a un grupo étnico, quizás podamos preguntarnos si realmente sabemos al 100% que ese acto no tiene consecuencias para los miembros de ese grupo. Cuestionémonos si nuestra normalidad refuerza estereotipos negativos o la percepción de inferioridad o vulnerabilidad de otra comunidad.

En definitiva, se trata de ir dejando sin espacios a comportamientos o prácticas teóricamente aceptables que son el resultado de cómo el racismo se ha fosilizado en las estructuras sociales y simplemente contribuyen a perpetuar prejuicios por provenir de un tiempo donde el racismo estaba ampliamente justificado.

No ser racista no es una elección personal sino también el resultado de un cambio de paradigma social. La sociedad ha conseguido que los comportamientos abiertamente racistas sean socialmente repudiados y legalmente penalizados. Pero los microracismos conviven con nosotros. Y aunque son menos visibles, son igualmente tóxicos. Nos salen hasta por la boca.

 

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