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Del lenguaje inclusivo al explosivo

Semanario de Junín

Para algunos encontrarse con este estilo de comunicación resulta chocante y se expresan con violencia contra quienes osan usarlo. Sin embargo son aceptados misericordiosamente los errores ortográficos y muchos de estos críticos utilizan (en algunos casos sin saberlo) palabras del lunfardo. La igualdad de género sigue vapuleada.

“No me vengas a chamuyar chabón con el lenguaje inclusivo. Nos quieren afanar el idioma”, diría más de uno de los infradotados que pululan en las redes sociales y se amparan en el anonimato para dar cátedra de lengua y al mismo tiempo que denigran el lenguaje inclusivo, lo hacen con el propio, cayendo en las garras del lunfardo que ya es parte de la cultura nacional y nadie lo puso en duda cuando empezó a sumarse al “castellano de Castilla”.

Por eso mismo es que este paso que ejecutan algunos de pasar del “inclusivo al explosivo” agrediendo sin más, aunque se coman algunas “eses” al hablar o algunas “haches” al escribir, pareciera tener que ver con el hecho de que implica (o suplica) una equidad de género.

Ana García Álvarez, coordinadora de formación, divulgación y asuntos de género en el Departamento de Gestión de Conferencias de la ONU, sostiene que “no estamos intentando imponer un estilo de comunicación, solo estamos diciendo que si cambiamos el tipo de comunicación podemos promover mucho más la igualdad de género”.

Más allá de las anécdotas con las que se le suele denostar, el lenguaje inclusivo utiliza el idioma para acabar con los estereotipos y modular nuestra forma de entender el mundo. En el caso del género, se trata de acabar con la discriminación de la mujer; por ejemplo, dándole visibilidad cuando corresponde o no dándosela ni a ellas ni a los hombres cuando es innecesario.

En una entrevista realizada por SEMANARIO en 2018, la escritora Silvina Gruppo, Licenciada en Letras (UBA) y docente del Taller de Escritura y también de Morfología y Sintaxis en la carrera Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA), destacaba que “todo lenguaje es arbitrario, social y está vivo: va mutando según los usos que se hagan en distintas épocas y latitudes. Después, muy rezagada, llega la normativa, para decir qué acepta y qué no. Ese conjunto de reglas del bien decir es lo que se le trata de imponer a la comunidad de hablantes, pero por más reglas que se impongan, no se puede detener la creatividad que se moldea en el habla”.

Ciudadanos y ciudadanas, niños y niñas, trabajadores y trabajadoras… La duplicidad, una de las múltiples estrategias con las que cuenta el lenguaje inclusivo, ha sido tomada muchas veces como base para criticarlo con un rotundo “así no hay quien hable” y evitar de esta forma entrar en el fondo del asunto: la reclamación de las mujeres de que el uso del lenguaje les discrimina en muchas ocasiones.

Álvarez, quien ha participado en la creación de unas recomendaciones sobre el empleo del lenguaje inclusivo para los empleados de la ONU asegura que “cuando hablamos de lenguaje inclusivo en cuanto al género, de lo que hablamos es de utilizar la lengua, ya sea bien en el oral o el escrito, de una manera que no discrimine ningún sexo, género o identidad de género. Entonces, de lo que hablamos es de utilizar el lenguaje de manera que no se perpetúen los estereotipos relacionados con el género; género entendido como constructo social que atribuye una serie de características a alguien por haber nacido como hombre o como mujer”.

Y si bien algunos puristas del idioma indican que “en el masculino ya está implícito el femenino”, según Álvarez “habrá situaciones comunicativas en las que sea más recomendable hacer más explícito también el género femenino de los componentes de un grupo, no solo el masculino”.

Y añade que “es cierto, que el lenguaje utiliza las terminaciones de masculino o el género de masculino para englobar tanto a hombres como a mujeres. Esto es el uso del lenguaje, pero en nuestras guías de lenguaje inclusivo señalamos que habrá situaciones comunicativas en las que sea más recomendable hacer más explícito también el género femenino de los componentes de un grupo, no solo el masculino”.

En las recomendaciones de la ONU, lo que han hecho es dar una serie de recomendaciones y estrategias para utilizar el lenguaje de una forma que no perpetúe los estereotipos de género y que sea más inclusiva, y la agruparon en varias categorías, porque dicen “lo que nos interesa es la comunicación. Es decir, cómo usamos el lenguaje según la audiencia, el tipo del contexto de la comunicación, el tipo de texto o la comunicación oral”.

Para Gruppo “el lenguaje muestra mucho de lo que nos pasa como sociedad. El patriarcado es un sistema opresivo, el binarismo de género impone unas identidades y silencia otras. Si había cien mujeres y un hombre en un auditorio, bastaba con referirse a todos y así, de un plumazo, la presencia femenina quedaba invisibilizada. Con intenciones políticas que también fueron resistidas, se empezaron a hacer discursos para todos y todas, muy bien, pero es necesario pensar qué pasa con las personas que no quieren ser nombradas por uno de los términos binarios de género. De esta manera, entablar diálogos entre todes, todas, todos es una forma de visibilizar identidades que estaban negadas incluso por el lenguaje”.

Álvarez destaca que “hay un fenómeno de la comunicación en el que vemos que es bastante común referirse al hombre por su título profesional y a las mujeres por su nombre de pila. Y lo que decimos en nuestras recomendaciones es que a la hora de presentar a ponentes en una charla tratémoslos de manera simétrica y no discriminatoria en cuanto al género. Esta es una estrategia del lenguaje inclusivo y no es farragosa, no complica la comunicación…”

Del mismo modo, entienden que siempre utilizar lo que llamamos la duplicación, sustantivos en masculino y femenino, cuando nos referimos a un grupo, puede complicar mucho la lectura o la conversación, pero también se puede utilizar estratégicamente para reconocer y dar visibilidad a las mujeres que están presentes en un grupo sin complicar la comunicación.

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