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Presentación de La batalla del idioma, de José del Valle y Luis Gabriel-Stheeman (Buenos Aires: Cabiria, 2023)

Por Elvira Narvaja de Arnoux

Esta presentación es una instancia del extenso diálogo que hemos entablado con José a lo largo de los años, en este caso el diálogo se da fundamentalmente a partir de la relectura de la obra que ha coordinado con Luis Gabriel-Stheeman. El mismo título «la batalla del idioma» remite a otro diálogo de los editores con otro rioplatense, Carlos Rama, sociólogo e historiador uruguayo al que José posiblemente se sentía vinculado no solo por sus intereses intelectuales sino por la condición de Rama de hijo de inmigrantes gallegos. La impronta de estos y otros diálogos me ha llevado a que elabore la presentación entrelazando trayectos de los capítulos con reflexiones acerca de nuestros propios recorridos, en la Argentina, sobre los temas que los autores van tratando, intentando además cumplir con el nombre de «conversatorio» que se le ha asignado al encuentro. Por eso también recupero y rememoro, con cierto desorden, algunas experiencias cercanas al momento de elaboración del libro o a las etapas en la formación o en la iniciación como docentes investigadores, tanto de los autores como de algunos de nosotros.

 

En primer lugar, debo señalar que nos reunimos hoy para celebrar la reedición del libro veinte años después (como en las notas nostalgiosas del tango) de la primera edición en castellano. Digo «para celebrar» porque es una obra que ha incidido en la conformación del sector de la Glotopolítica volcado hacia los estudios históricos pero también del que quiere ver desde una perspectiva histórica los fenómenos que acechan en las diversas situaciones de nuestro presente. Si bien en el Prefacio a la nueva edición José dice que el periplo vital de un libro es azaroso, pienso que hay siempre determinadas circunstancias que lo hacen posible y aceptable, en el mundo académico por lo menos.

 

Por un lado, en el caso que nos ocupa, debemos señalar el desarrollo que se había ido dando en el mundo hispánico, a una u otra orilla del Atlántico, de investigaciones que indagaban en un pasado próximo ligado a la formación de los Estados nacionales y a sus avatares, realizado desde etapas como las aperturas democráticas o las transiciones posteriores a las dictaduras.

 

Por otro lado, hay que recordar el avance de la política lingüística de área idiomática encabezada por España en la que no estaban ausentes los aspectos económicos del emprendimiento, apoyada en la activación de memorias pretéritas que a la vez que sostenían la unidad de la lengua buscaban restablecer, aunque con nuevas modalidades, la relación centro/periferia que había acompañado la etapa colonial y que había sido parcialmente reformulada con posterioridad.

 

En Buenos Aires, ya habíamos incursionado en ambos derroteros interesados por las políticas lingüísticas como reflexión teórica, como análisis de casos y como intervenciones académicas. Ya habíamos aceptado el nombre de Glotopolítica para el espacio heterogéneo en el que nos movíamos, habíamos comenzado a estudiar instrumentos lingüísticos de distinto tipo en su articulación con datos del contexto, y a interrogarnos sobre el papel de las lenguas en el proceso de integración regional sudamericano, lo que nos llevaba a analizar, para contraponerlo, el nuevo panhispanismo.

 

A la vez que la Cátedra de Sociología del Lenguaje, iniciada en 1992, y los proyectos colectivos de investigación nos abrían a espacios de formación de jóvenes, que se constituyeron en futuros tesistas y docentes, la dirección del Instituto de Lingüística, de la que nos hicimos cargo en 1991, nos permitía intervenir en la realización de encuentros nacionales e internacionales que convocaban a colegas interesados por estas problemáticas: en 1997, el Congreso Internacional «Políticas lingüísticas para América Latina»; en 1998, el Simposio «Problemas históricos y actuales de la estandarización: el castellano, el gallego, el portugués», que hizo posible la participación de queridos colegas brasileños y gallegos; y, en 1999, el Congreso Internacional «La Gramática: Modelos, Enseñanza, Historia».

 

De allí el notable interés que provocó la aparición del libro y el deseo de anudar vínculos con esos compañeros que desde una lejanía territorial eran tan próximos intelectual y vivencialmente. Esta vinculación la pudimos iniciar con entusiasmo en el Congreso Internacional de Política Lingüística en América del Sur cuando, en 2006, José y yo fuimos invitados por el profesor Dermeval da Hora a João Pessoa. Desde entonces se multiplicaron los emprendimientos comunes y se fue conformando una red, entramada en los afectos y la común mirada política.

 

José señala que los compiladores se habían formado en la tradición filológica de la universidad española de los ochenta. Algunos de nosotros no éramos ajenos a esa tradición, aunque su fuerte influencia fue más temprana, en la segunda mitad de la década del sesenta y comienzos de los setenta, gracias a la incidencia en la universidad argentina de una etapa anterior, la fundacional del Instituto de Filología. Este había surgido, como todos sabemos, del acuerdo entre Ramón Menéndez Pidal y Ricardo Rojas, había comenzado a funcionar en 1923, y fue dirigido por Amado Alonso entre 1927 y 1946. Algunos de los discípulos de este último fueron nuestros profesores en esa etapa tremendamente creativa y convulsionada que fueron los sesenta y comienzos de los setenta, en los que la vida universitaria se desplazaba fácilmente a la política y esta penetraba en la universidad.

 

Con este gesto memorioso quiero señalar que los personajes que aparecen en el libro -particularmente, Sarmiento, Bello, Unamuno, Cuervo, Menéndez Pidal, Ortega y Gasset- formaban parte también, en mayor o menor medida, de nuestro universo de referencias, o porque eran objeto de estudio o porque eran autores de los textos que leíamos. No recuerdo que incursionáramos en Valera pero sí en Arguedas desde lecturas exteriores a la universidad, entre los grupos que planteaban políticamente la necesidad de desarrollar un Indoamericanismo, propuesta que nos llegaba sobre todo desde la reflexión de los intelectuales y literatos peruanos, a los que seguíamos también por influjo de la mirada admirativa sobre la revolución de Velasco Alvarado. Recuerdo que los textos que más nos influyeron, ya en la etapa de iniciación en la docencia universitaria, fueron los de Alberto Escobar, Rodolfo Cerrón Palomino e Inés Pozzi-Escot, que reflexionaban críticamente y formulaban propuestas educativas respecto del bilingüismo en Perú, bilingüismo que pensaban, a la vez, como castellanización y como fortalecimiento y expansión de las lenguas mayoritarias de la sierra. Esto los llevaba a analizar las diferencias entre lenguas etnoculturales y lenguas sociohistóricas que, en su momento, apreciábamos como formulaciones teóricas orientadoras para ir descifrando el universo lingüístico de Hispanoamérica.

 

Estos temas, pero con un sesgo particular en su consideración, habían estado en el centro de las preocupaciones de Arguedas como lo demuestra John Landreau en el capítulo del libro que presentamos, «José María Arguedas: la utopía del español quechuizado», en el cual la utopía lo vinculaba con otros pensadores latinoamericanos que buscaban los modos de marcar la identidad propia en la lengua heredada. Arguedas apoya un tipo de mestizaje en el ámbito lingüístico y literario en el que el quechua trabaja creativamente el español en sus distintos niveles, incluso dislocando la sintaxis. Este gesto permite escuchar en esta lengua oficial a ese otro subalternizado pero que representa a amplias mayorías de la sociedad peruana y que expone, de esa manera imperativa y subversiva, su derecho a la palabra en el espacio público. Si bien Arguedas piensa la castellanización como necesaria para la unidad de la nación peruana, la construcción de una identidad propia requiere legitimar la posibilidad de percibir las múltiples formas de modalización del quechua en el entramado del español. La cultura andina se expresará, entonces, en la apropiación diversa de la lengua foránea pero imponiéndole su impronta y revelando el conflicto.

 

La preocupación por la situación indígena, a la que los intelectuales peruanos nos habían sensibilizado, impulsó muy tempranamente, también desde la dirección del Instituto de Lingüística, la realización de la serie de Jornadas de Lingüística Aborigen, la primera de las cuales se realizó en 1993 y en las que las políticas lingüísticas constituían uno de los ejes.

 

Volviendo a nuestra experiencia como estudiantes, adoptábamos en muchos casos una actitud crítica frente a la tradición filológica de la escuela española, que se seguía ubicando en un centro desde el que evaluaba nuestras variedades lingüísticas en las que, por otra parte, nos afirmábamos como expresión de un nacionalismo contestario de amplia vigencia antes del golpe militar. Sin embargo, no dejábamos de ser sensibles a la mirada histórica de esa escuela sobre el lenguaje, y a la introducción de algunas problemáticas sociales en los estudios, aunque los calificáramos con soberbia juvenil de pre-marxistas. Pero la «lectura a contrapelo» de la tradición filológica, a la que se refiere José como génesis intelectual de su libro, la haríamos recién en los noventa y ya como docentes e investigadores formados. No puedo dejar de recordar los trabajos que hicimos con Roberto Bein, «La valoración de Amado Alonso de la variedad rioplatense del español» de 1996, las «Posiciones de Jorge Luis Borges acerca del idioma nacional» de 1997, ampliado luego en «“Dar con su voz”: discusiones en torno a El idioma de los argentinos, de Jorge Luis Borges», en 20041. O los míos, particularmente aquel sobre la Gramática castellana de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña, de 20012, realizado como homenaje a nuestra profesora, justamente de Filología española, que era además una gramática rigurosa, Ofelia Kovacci. En esos trabajos, no solo revisábamos el discurso polémico de Borges sobre Américo Castro e indirectamente sobre Alonso sino que también recuperábamos las distintas etapas de sus respectivos derroteros acerca de la lengua relacionándolos con momentos de la biografía de esos autores, particularmente de Borges y Alonso. A esta perspectiva también se recurre en La batalla del idioma enriqueciendo los datos contextuales y suministrando claves interpretativas notablemente interesantes en la presentación de autores como Unamuno, Menéndez Pidal o Arguedas.

 

Un aspecto que no habíamos relevado y que comprendí en la relectura del libro que estoy presentando, en este ir y venir entre nuestras preocupaciones de aquel momento y los escritos que integran el volumen, es la importancia intelectual, en estos filólogos, de la figura de Ortega y Gasset, a la que solo habíamos accedido por una lectura rápida de La rebelión de las masas. Lo que en «El problema argentino de la lengua», capítulo central de El problema de la lengua en América de Alonso3, nos irritaba tenía su origen en las apreciaciones sociológicas de Ortega. Aunque Alonso lo cita en relación con la designación «escritor-masa», que en Buenos Aires, señala él, «abunda alarmantemente más que en otros países de lengua castellana» no nos habíamos detenido en ello ni en ese momento nos había parecido interesante incursionar en Ortega. Al referirse Alonso a ese «escritor local defectuoso», incluye en la clase «el poeta mediocre y el oscuro cuentista y el periodista anónimo […], el médico que publica su monografía y el abogado sus panfletos y el político sus manifiestos» (49). A lo que agregaba, en su búsqueda de explicación a los efectos que nuestras variedades le producían: «[…] la lengua que más se oye […] entre la mayoría de los profesionales, de los empleados, de los comerciantes y de sus familias, y hasta en profesores es de una calidad demasiado baja y de una cantidad de elementos demasiado pobre» (62). Los aportes de Gabriel-Stheeman, en «El noble agarra la escoba: la higiene verbal de José Ortega y Gasset» nos resultan reveladores, en la medida en que analiza las distintas formas en las que aquel filósofo establece las jerarquías lingüísticas en una sociedad, la española, que, a su criterio, debe ser reformada. En este capítulo de La batalla, que parte de las reflexiones de Cameron sobre la higiene verbal, se muestran las diferencias que Ortega establece entre las minorías cultas y las masas. Si bien esta división puede no coincidir socialmente con la que se establece entre clases altas y bajas, como señala Gabriel-Stheeman, habitualmente coinciden. Como ejemplo de posible no coincidencia aparece, entonces, la categoría «los pseudointelectuales incualificados» entre las clases superiores, que remite al escritor masa de Alonso, individuos sin calidad, uniformes, que solo hablan, usan la lengua que se les impone, pero no dicen, no inventan nuevos modos para decir lo que se proponen decir. Pensemos, volviendo a Alonso, que estamos a mediados de la Década Infame y que esa mirada aristocratizante que, él retomando a Ortega, asignaba a una minoría culta, que podía moverse con cierta soltura en un imaginario español general, a la vez que era despectiva frente a sectores medios, exponía la contradicción que se ha señalado con insistencia entre la abundancia de desarrollos culturales del período (el Instituto de Filología era uno de ellos) junto a un fraude electoral institucionalizado y una represión generalizada que afectaba fundamentalmente a los sectores populares.

 

También el capítulo nos permitió comprender algo que nos había admirado y que, en aquellos momentos, considerábamos como expresión de la lucidez valorativa del autor respecto de nuestra historia en La peculiaridad lingüística rioplantense y su sentido histórico de Américo Castro4. En una exposición anterior relataba que mi padre, que era un intelectual de izquierda, había subrayado con rojo y escrito en el margen «Perfecto» un segmento que decía: «Desde entonces [las invasiones inglesas] todo lo que es decisivo en la vida argentina acontece gracias a la fuerza de los nada instruidos, fuerza caótica, elemental y auténtica» (72). La relectura del capítulo sobre Ortega me permitió ver que el juicio no era apreciativo sino desvalorizador. Gabriel-Stheeman destaca en su escrito, citando a Ortega, que en España «lo ha hecho todo el “pueblo” y lo que el “pueblo” no ha podido hacer se ha quedado sin hacer» (1895). «Y como, según razona el filósofo, “el pueblo” es incapaz de sofisticadas gestas, como las ciencias, las bellas artes, la tecnología avanzada o los estados políticos sólidos y cohesivos, no debe sorprender a nadie que ninguna de estas se haya dado en suelo español (189)». Como un enunciado conclusivo, Ortega plantea que «La historia de España entera, y salvas fugaces jornadas, ha sido la historia de una decadencia» (189). Podemos proyectar sobre la mirada de Castro acerca de la Argentina la misma apreciación.

 

Si me he detenido en este capítulo no es solo por lo que señalaba respecto del «descubrimiento» nuestro de la importancia de Ortega en Alonso y Castro sino también porque muestra cómo las reflexiones teóricas surgidas en determinados espacios (como la España posterior al 98 con la obsesión por la decadencia y el deseo de conformar finalmente un Estado nacional con una lengua que ocupara plenamente el territorio y desplazara la amenazante heteroglosia de su periferia) migran hacia otras latitudes y adquieren sentidos históricos distintos que no son percibidos por los propios actores, hecho al que es fundamental atender desde una perspectiva glotopolítica. En la reflexión que hacen respecto de la situación argentina, estos filólogos, ellos mismos desplazados por una guerra civil que había mostrado el vigoroso potencial creativo de las masas y su intensa lucha sacrificada por un ideal político, buscan servir al disciplinamiento de otras masas que son las que avanzan desde el interior argentino y que van a conformar el peronismo de la década siguiente. Peronismo que va a conjugar en su propia dinámica la tensa polifonía de una sociedad que enarbola con energía una palabra distinta.

 

En relación con estas re-lecturas, debemos decir que el notable interés del libro surge de que muestra cómo la desazón del 98, que afectó profundamente la vida nacional española, es enfrentada desde otros posicionamientos, no solo del de los citados. En ese sentido, quiero destacar el capítulo de José sobre Menéndez Pidal, que es también un modelo de análisis glotopolítico sobre un pensador que no era ajeno a los problemas y angustias de su tiempo y que se comprometía desde el lugar de un político de la cultura. Es significativa la cita epígrafe de Jover Zamora, que inicia el capítulo:

La función histórica de la utopía no consiste precisamente en traducir a la realidad aquí y ahora…sus contenidos; sino en ensanchar las posibilidades históricas de un pueblo a través de un enriquecimiento de su conciencia colectiva. (109)

A analizar los términos de esa utopía se dedica José en el análisis. Aquella puede ser definida, lo cito, como la proyección «de la historia nacional hacia el futuro, describiendo la lengua española no solo como símbolo de una vieja y grandiosa civilización sino como instrumento que facilitaría la construcción del puente hacia el progreso de la comunidad hispánica» (133). José muestra cómo esa posición se legitima no solo por su ubicación en el aparato estatal, correspondiente al ámbito cultural y científico, sino también por el capital intelectual que había alcanzado a partir de su actividad investigativa, en el que el Manual de gramática histórica española era su contundente apoyo, ya que lo ubicaba en los desarrollos más pujantes de la lingüística de su época. Recuerdo que para mí era una obra detestable frente a aquellas que me entusiasmaban como Orígenes del español, el estudio filológico del Cantar del Mío Cid, o la recopilación de Flor nueva de romances viejos. Ahora pienso que el objeto malo era la «yod» sobre la que yo proyectaba el uso tiránico que se hacía del Manual en nuestras aulas universitarias. La lectura que hace José, de Menéndez Pidal, no solo en este capítulo sino también en su semblanza, «Ramón Menéndez Pidal: entre el archivo y el ágora»6, me reconcilió incluso con la yod. Muestra, detenidamente, en La batalla, el objetivo político al que aquel destinaba su reflexión lingüístico-filológica, en la que la defendida unidad del español no le impedía aceptar una diversidad que correspondía a las variaciones propias de toda lengua histórica. Sin embargo, no dejaba de considerar que la intervención glotopolítica era un instrumento necesario: en una síntesis que hace el autor del capítulo sobre el pensamiento de Menéndez Pidal, haciendo suyas las palabras de filólogo, se señala: «Si la elite intelectual construye una utopía lingüística, una imagen unitaria y armónica del español, y si demuestra su lealtad a la misma, el pueblo los seguirá y la unidad y armonía quedarán garantizadas» (127). Para ello deberá luchar, por cierto, contra los díscolos.

 

De allí el interés del capítulo anterior de José en el volumen: «Lingüística histórica e historia cultural: notas sobre la polémica entre Rufino José Cuervo y Juan Valera», polémica que, cito, «empezó en 1899, el año después de que España perdiera sus últimas colonias, y se terminó en 1903, el año antes de que Ramón Menéndez Pidal publicara su Manual de gramática histórica española» (94). José la plantea como «un indicio de las dificultades que atravesaba y aún habría de atravesar la reconstrucción postcolonial de la noción de cultura hispánica» (98).

 

Creo, como en cierta medida José, que del lado de Cuervo, que se apoyaba en nutridos argumentos lingüísticos para sostener que las diferencias dialectales hacían prever una fragmentación lingüística del español como había ocurrido con el latín, incidía la representación de un científico respetuoso de los datos, que él mismo había construido.

 

No puedo dejar de recordar lo divertido que me había resultado, cuando estudiaba la Gramática castellana de Bello, el lamento de Cuervo acerca de las modificaciones que Bello había hecho sobre los ejemplos apartándolos de su expresión original, cuya formulación primera él estaba obligado a mostrar «en atención a la escrupulosidad que hoy se acostumbra usar en la cita de autores» (10 de las «Notas»7). La disculpa al gesto del maestro era que «se había visto precisado a ello nuestro Autor a fin de redondearlos, pulirlos y acercarlos sin menoscabar su pureza clásica al tipo de castellano actual dándoles al mismo tiempo la forma más adecuada para que puedan útilmente encomendarse a la memoria» (10). Cuervo percibe el gesto pero no puede justificarlo desde una perspectiva glotopolítica: la manipulación de los ejemplos en Bello era en lo que se asentaba su argumentación, la continuidad del español desde el Siglo de Oro hasta su presente y desde España a América. Pensemos en el fragmento del prólogo, que tantas veces hemos repetido: «Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza como un medio providencial de comunicación entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes» (VII). A la mirada limitada de Cuervo desde el lugar del lingüista, se opone políticamente Valera, que defiende la unidad y uniformidad de la cultura española.

 

En este caso, merece que hagamos un comentario tendiente a mostrar otra vez el sentido histórico que adquieren algunas reflexiones al migrar a otros espacios, como era la Argentina de fin de siglo XIX y comienzos del XX, ya que no es secundario que Valera publique su primera nota en La Nación. Era un momento en el que la clase dirigente enfrentaba el hecho de que hijos de inmigrantes comenzaran a ingresar a la escuela secundaria, espacio destinado tradicionalmente a la formación de aquel sector. Como he dicho en otras intervenciones, la estrategia para integrarlos subalternizándolos era generarles inseguridad lingüística, para lo cual la defensa de una norma que no correspondía a la norma de prestigio social era un arma, de allí que la posición de Valera encontrara aceptación en la prensa argentina. Asimismo, la jerarquización de lo que se entendía como variedad peninsular o «la lengua de Castilla» funcionaba como apoyo a los emigrados españoles, numerosos, que fueron contratados como profesores o en cargos de dirección de las escuelas secundarias y que completaban sus ingresos con sus propios libros de gramática castellana.

 

En relación con lo que habíamos señalado sobre Bello respecto del trabajo sobre los ejemplos, podemos leer el muy interesante capítulo a cargo de Belford Moré, «La construcción ideológica de una base empírica: selección y elaboración de la gramática de Andrés Bello». Si bien el autor señala el lugar central que ocupa, en Bello, el problema de la unidad de la lengua, reconoce que «asumir la bandera de la unidad en contra de la fragmentación y plantear el problema de la unidad son asuntos que presentan algunas diferencias a pesar de su indudable relación» (68). Pero ambos convergen en una obra gramatical en la que, como dice Moré en una síntesis notable: «se trazan los objetivos generales de la política lingüística, se definen las líneas de acción más idóneas, se justifica la planificación desde el campo del poder y, lo que es más importante, se organiza una serie de enunciados que, por un lado, aspiran a ser una representación de “la lengua y, por otro, se proyecta sobre la praxis lingüística de los ciudadanos para moldearla» (68). De allí la importancia que asigna a los criterios de selección operados por Bello, en los que interviene en el plano socio-cultural, la variedad supralocal legítima asociada con la gente educada de diversos medios urbanos; en el plano dialectal, el peso de la centralidad del castellano peninsular que borra «el margen representado por las formas americanas» (77); y en la dimensión semiótico-discursiva, «la escritura y algunos campos discursivos que se organizan a partir de ella [que] constituyen el campo privilegiado sobre el cual se construye la gramática» (80). En relación con esto último, Moré acude a los textos de Bello sobre Ortología y Ortografía planteando los modos como se relacionan oralidad y escritura. Respecto de los modelos textuales, si bien no alude a la manipulación a la que nos referíamos, plantea que para que ese corpus heterogéneo -perteneciente al Siglo de Oro, al pensamiento ilustrado o a la Edad Media- se legitime y legitime las opciones del gramático deben pasar por el filtro de su subjetividad, más allá de la remisión a esos tres planos a los que se les otorga autoridad. Esa subjetividad era, creo yo, la que lo impulsaba a retocar los ejemplos.

 

Respecto del otro polo, el que reconoce la diversidad y no se amilana frente a la posible fragmentación o, incluso, la autoriza, se desarrolla el capítulo de Barry Velleman, «Antiacademicismo lingüístico y comunidad hispánica: Sarmiento y Unamuno». El autor enmarca la reflexión sobre Sarmiento en los planteos de la Generación del 37, con su vocación emancipatoria, que se exponía en el plano de la lengua justificándose en el atraso cultural español. De allí que opte, en el análisis, por las posiciones respecto de la reforma ortográfica, asentada también en el descrédito hacia la Real Academia Española. Esta es pensada por Sarmiento, así señala el autor del capítulo, como la expresión lingüística de una tradición inquisitorial y de gobiernos autocráticos y opresivos. A la desautorización política y a la falta de legitimidad de la institución se une la convicción de que ese tipo de organismos no debieran legislar sino simplemente documentar el uso común y aceptar que la norma progresa como las sociedades. Sarmiento defiende, entonces, una ortografía americana que se diferencie de la norma española y que atienda a la pronunciación de las naciones independizadas, para evitar también el caos que genera el recurrir a otros criterios como la etimología por ejemplo. Por otra parte, se ubica en el lugar del educador que quiere evitar los obstáculos que genera la vieja ortografía en el aprendizaje infantil de la lectura y la escritura, al que dedicó un texto original y lúcido, El método de lectura gradua81, elaborado en una fecha próxima a la Memoria sobre la reforma.

 

Quiero agregar, por otra parte, a las reflexiones del autor del capítulo, que Sarmiento no solo percibía la reforma como un modo de marcar la nación en la lengua sino que también era sensible al avance de la sociedad industrial y de su requerimiento de homogeneización lingüística para desarrollar un mercado interno que asegurara el desarrollo económico. De allí que, siguiendo orientaciones propias de esa etapa en Chile, pensara en Hispanoamérica y, por lo tanto, en una ortografía americana y en las posibilidades que un corte con España daría a la puesta en marcha de un pujante negocio editorial. La siguiente cita de la Memoria es suficientemente ilustrativa:

Un Larra impreso en España, en papel podrido, con tinta de humo de chimenea, nos cuesta media onza, mientras que un Larra reimpreso en Valparaíso, con hermoso tipo francés y muy escogido papel norteamericano, solo nos costó un cuarto de onza, porque, señores, nuestro arte tipográfico está en vísperas de rivalizar con el más pintiparado del mundo (Memoria, 419).

El capítulo de La batalla se completa con las semejanzas que Velleman encuentra entre Sarmiento y Unamuno. Por un lado, por el espíritu contestario, el egocentrismo que los caracterizaba y porque «compartían una inclinación por lo asistemático, lo aparentemente improvisado y lo práctico por encima de lo teórico, así como un gusto por lo paradójico» (53). Por otro lado, por el escepticismo respecto de la utilidad de la RAE, que solo debería, en palabras de Unamuno, «recoger lo que es la vida del lenguaje pero no legislar sobre él» (56); y, finalmente, por respetar el uso generalizado que convierte un error en un cambio lingüístico. Sin embargo, Unamuno se oponía a la fragmentación y defendía una lengua común.

 

A los vaivenes de la posición de Unamuno se refiere el trabajo de Joan Ramón Resina: «“Por su propio bien”. La identidad española y su Gran Inquisidor, Miguel de Unamuno». Lo hemos elegido como cierre de los capítulos históricos del volumen por dos razones.

 

La primera, porque articula la reflexión lingüística con temas que afloran con distinta intensidad en los otros capítulos del libro: por un lado, la angustia generada por la pérdida de las colonias, que encuentra su expresión más dramática en el proceso que culmina en el 98 y que genera una serie de producciones intelectuales, entre otras la de Unamuno, que buscan encontrar una explicación e intentar superar la crisis. Y, por el otro, por la necesidad de responder a los gestos nacionalistas de su propia periferia, particularmente de catalanes, gallegos y vascos. Frente a estas situaciones, Unamuno se afirma en un nacionalismo español, activando la memoria del imperio, y en un «fanatismo castellanizador» frente a las otras lenguas de España.

 

La segunda razón es que el capítulo analiza la discursividad de Unamuno apelando a distintas estrategias interpretativas provenientes, en su mayoría del psicoanálisis y mostrando el interés del análisis del discurso en el abordaje de textos glotopolíticos. Así, se recurre al «escamoteo» derridiano que hace que el objeto político real desaparezca recurrentemente tras las apariciones, en este caso de la sombra de «la identidad española forjada por la Generación del 98» (140). Resina nos muestra como lo reprimido, el imperio, retorna como fantasma de una hispanidad que cubra un amplio espacio del planeta y que comparta con el inglés el predominio mundial. La fe en las ficciones que construye es, en Unamuno, una forma de superar la experiencia traumática. Resina afirma, entonces, que «el significado histórico del imperio y su caída vuelve, cual fantasma, para llevar una existencia disociada como ideologema lírico» (154).

 

Completan el volumen dos capítulos de los editores, «“Codo con codo”: la comunidad hispánica y el espectáculo de la lengua» y «Lengua y mercado: el español en la era de la globalización económica». En su Prefacio a esta nueva edición, José señala la importancia que tuvo la cobertura dada por El País al Primer Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México, en 1997 pues

[…] la explosión metalingüística a que naturalmente daba lugar revelaba la vigencia ad portas del siglo veintiuno, de una matriz discursiva cuya gestación decimonónica nosotros rastreábamos en la obra de los padres fundadores.

A ello agrega:

[…] la España democrática y atlantista […] movilizaba una versión más o menos aggiornada de la histórica ideología lingüística del nacionalismo panhispanista: un sistema de representaciones de la lengua española que, en los dos siglos transcurridos entre las independencias de las colonias americanas de España y los finales del siglo veinte se había movilizado en aras de la construcción de identidades nacionales, de órdenes socioeconómicos y de posiciones geopolíticas.

Los estudios sobre los CILE fueron realizados tempranamente, también en nuestro ámbito, recordemos incluso que el III, el de Rosario, en 2004, en el que se presentó la política panhispánica, dio lugar a variadas reflexiones. Los dos últimos capítulos que hemos enumerado tratan temas a los que se ha vuelto con insistencia: las ideologías lingüísticas que se desplegaban en los Congresos, el posicionamiento del español en la globalización, el declarado y explotado valor económico de las lenguas, la importancia del español en Estados Unidos, Brasil y en Internet, las estrategias de expansión del español en el mundo, la necesaria participación formal de todas las academias para mostrar una armonía interna, el valor simbólico de la lengua como marca de la identidad hispánica, la importancia del desarrollo de la industria editorial y de los medios audiovisuales, la incidencia glotopolítica de la Corona, el mantenimiento de una ortografía no sujeta a reformas, y la intervención de las empresas españolas en las políticas respecto de las lenguas. Estos temas han sido luego desarrollados en el libro que compiló José y que ha tenido una amplia difusión, La lengua, ¿patria común? Ideas e ideologías del español (2007)10, y están en la base del último artículo que escribimos juntos este año a pedido de Enrique Hamel, «Políticas del área idiomática panhispánica. Ideología y coyuntura política en los Congresos Internacionales de la Lengua Española»11.

 

De los puntos que los últimos capítulos tratan, lo que no se ha abordado porque se han centrado en el panhispanismo, es la importancia glotopolítica, crucial para nosotros, del desarrollo de un biligüismo español-portugués en relación con el proyecto de integración regional latinoamericana.

Y lo que ha sufrido cambios significativos es la relación del español con el inglés. De una situación conflictiva, que imponía una defensa de la lengua propia frente al avance del inglés se ha pasado a la subordinación al inglés con el convencimiento de que ambas lenguas van a avanzar juntas por el planeta, con diferencias respecto de los ámbitos de ejercicio: algo así como las cosas serias en inglés, los afectos y las relaciones personales en español.

 

Cerramos esta presentación con la vuelta al inicio del libro, el capítulo de los editores, «Nacionalismo, hispanismo y cultura monoglósica». Constituye el marco teórico presente en las diferentes contribuciones, de allí un recorrido en el que se recogen y ponen en contacto las concepciones más relevantes acerca de la nación, vinculadas con los espacios históricos de referencia. Los autores abordan, en ese sentido, los alcances y diferencias de los discursos nacionalistas, los desafíos a los que los sometía la situación postcolonial y el despliegue de los nacionalismos periféricos en España, y el peso de la función simbólica de la lengua en la conformación de las subjetividades políticas. A partir de una reflexión crítica acerca de la estandarización y de poner en juego el potencial analítico del concepto de ideologías lingüísticas, definen y oponen las culturas monoglósicas y las heteroglósicas, atendiendo además a aspectos retóricos de la argumentación respecto de las primeras, que no dejarán de ser considerados, como hemos visto, a lo largo de los capítulos.

 

Termino, entonces, señalando que la reedición del libro merece ser celebrada, como dije al comienzo, no solo por el interés de los temas que se plantean y el alcance teórico y metodológico de los análisis sino también porque en un momento en el que se cuestiona, en nuestro país, la importancia «productiva» de las ciencias sociales y humanas debemos afirmar el derecho a pensarnos, pensar a los otros y dialogar con ellos como un gesto inclaudicable de soberanía. A ilustrarlo ha tendido, en cierta medida, la presentación que he hecho.

 
 

* Presentado el lunes 4 de diciembre de 2023, en el Auditorio Leonardo Favio de la Biblioteca del Congreso de la Nación.


1 Arnoux, Elvira y Roberto Bein (1996), «La valoración de Amado Alonso de la variedad rioplatense del español», Cauce, n° 18-19, Universidad de Sevilla, 183-194.
Arnoux, Elvira y Roberto Bein (1996), «Posiciones de Jorge Luis Borges acerca del idioma nacional», en Borges, Homenaje de la Biblioteca del Congreso de la Nación.
Arnoux, Elvira y Roberto Bein (2004), «“Dar con su voz”: discusiones en torno a El idioma de los argentinos, de Jorge Luis Borges», Tram(p)as de la comunicación y la cultura, número sobre El lenguaje, a. 3, nº 26, La Plata, Facultad de Periodismo y Ciencias Sociales (UNLP), 8-19.

2 Arnoux, Elvira (2001), «Disciplinar desde la lengua. La Gramática Castellana de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña», en Elvira N. de Arnoux y Ángela Di Tullio, eds., Homenaje a Ofelia Kovacci, Buenos Aires, Eudeba, 53-76.

3 Arnoux, Elvira (2001), «Disciplinar desde la lengua. La Gramática Castellana de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña», en Elvira N. de Arnoux y Ángela Di Tullio, eds., Alonso, Amado (1935), El problema de la lengua en América, Madrid: Espasa-Calpe.

4 Castro, Américo (1941), La peculiaridad lingüística rioplatense, Buenos Aires: Losada.

5 Las páginas corresponden a la primera edición en castellano del libro (Madrid: Iberoamericana/Vervuert, 2004) porque cuando preparábamos la presentación no teníamos todavía un ejemplar de la nueva.

6 Del Valle, José (2020), «Ramón Menéndez Pidal: entre el archivo y el ágora», AGlo, Anuario de Glotopolítica, 4, 209-227.

7 Cuervo, Rufino José (1928), «Notas a la Gramática de la Lengua Castellana de D. Andrés Bello», en Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos, París: Andrés Blot.

8 A este texto me referí en Arnoux, Elvira (2011), «La enseñanza de las primeras letras en la puesta en marcha de un sistema estatal moderno: el Método de lectura gradual (Valparaíso, 1845) de Domingo Faustino Sarmiento», Penser l’histoire des savoirs linguistiques. Hommage à Sylvain Auroux, ENS Éditions, París. 437-451.

9 Retomo la cita de: Arnoux, Elvira (2008), “Intervenciones sobre la escritura (1843-1844)”, cap. 4 de Los discursos sobre la nación y el lenguaje en la formación del Estado (Chile, 1842-1862). Estudio glotopolítico, Buenos Aires: Santiago Arcos, 165-198.

10 Del Valle, José, ed. (2007), La lengua, ¿patria común? Ideas e ideologías del español, Madrid: Iberoamericana/Vervuert.

11 Arnoux, Elvira y José del Valle (2023), «Políticas del área idiomática panhispánica. Ideología y coyuntura política en los Congresos Internacionales de la Lengua Española» con José Del Valle. En: Enrique Hamel (ed.), Políticas del lenguaje en América Latina. Berlin: Walter de Gruyter, en prensa.

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