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Según parece, el español no vende

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Por Javier Pardo de Santayana

No son infrecuentes los días en que se acumulan sensaciones contradictorias en torno a nuestros compatriotas. En esta ocasión – una vez más – del lado positivo se encuentra nuestro Rey, a quien tantas veces hemos visto valorando nuestra cultura y nuestra historia. Se trata en este caso de la entrega del galardón quizá más importante de los relacionados con la lengua española: la entrega del Cervantes, nada menos. Y la beneficiada – tomen nota – es una mujer que además de ser mujer es una anciana y no de nacionalidad española, sino uruguaya y con un apellido que revela su procedencia de emigrantes italianos; buena muestra por tanto de cómo España abrió en aquellas tierras paso a Europa. Una mujer que además, como remate, triunfó como poeta (lo pongo así consciente de que la palabra “poetisa” cayó en desuso sin pedir permiso).

¿Pueden ustedes concebir un acto que revele de forma más expresamente significativa la universalidad de nuestro idioma? Pues allá estaba el monarca español, siempre dispuesto a recalcarlo, como lo hizo en su reciente viaje a los Estados Unidos, donde frente a los ataques de los nuevos bárbaros recordaría a los amigos norteamericanos algunas verdades importantes de nuestra fecunda historia. Buena ocasión para meditar como nuestro monarca sobre el acierto que en su día fue la decisión de crear una Academia de la Lengua que ha sabido mantener la unidad de un idioma que, tan solo superado por el chino, ocupa ya un segundo lugar entre los más hablados del planeta y que cincuenta y dos millones de norteamericanos utilizan también habitualmente con una previsión de aumento que apunta ya hacia el doble para el 2040.

Mas mientras el monarca se esforzaba en resaltar el valor de nuestro idioma, esta desorientada sociedad actual parece dedicarse a lo contrario como si se sintiera ajena a una realidad tan favorable. Y les diré por qué lo digo: sitúense ustedes, por ejemplo, en una de esas grandes superficies que acumulan toda clase de establecimientos comerciales. Se trata en este caso de un lugar que mi mujer y yo solemos frecuentar para caminar a salvo del frío y de la lluvia.

Muchos cambios pudimos observar en nuestra vuelta a la rutina tras el descanso de la Semana Santa, pero ninguno en cuanto al dominio del idioma inglés, omnipresente hasta un punto que alcanza ya el absurdo. Y digo bien “absurdo” pues no parece lógico utilizar la “lingua franca” del siglo XXI para una gente como la que por aquí circula y entre la cual los extranjeros son casi inexistentes. Es más, los pocos que pudiera haber hablan la misma lengua que nosotros, así que resulta escasamente razonable que vayan a enterarse de algo escrito en inglés y mucho menos de los matices inteligentes o curiosos que copan el cien por cien de las frases serigrafiadas en las tan manidas camisetas. Sí, señores: por mucho que pueda a ustedes extrañarles, me resulta punto menos que imposible la lectura de un pensamiento escrito en castellano.

Y sin embargo en inglés encontrará usted hasta esas advertencias que animan a la compra en la inmensa mayoría de las tiendas: me refiero a los lemas que anuncian cosas tales como las campañas de venta o las rebajas. Todo, absolutamente todo, salvo excepciones como es lógico, lo verá usted escrito en una lengua que la inmensa mayoría desconoce, porque, aunque ya se está imponiendo una educación más o menos bilingüe en las escuelas, podemos estar seguros de que ésta no pasa de una edad determinada, así que no ha llegado todavía a las generaciones que circulan por cualquier centro comercial. No puedo por tanto sino adjetivar de absurda esta invasión del inglés a todos los niveles: en primer lugar, porque me resulta sorprendente que no se pueda leer apenas nada escrito en el idioma de Cervantes, y en segundo lugar porque no utilizarlo para atraer a los eventuales compradores es algo que parece poco lógico.

Supongo en consecuencia que mi improbable lector reconocerá sin necesidad de que lo explique que esta locura tan solo puede comprenderse como secuela de un complejo de inferioridad que atribuiría una condición desfavorable a cuanto nos identifica en su inevitable relación con lo foráneo como si todo lo español debiera ser tomado por cateto mientras que lo que suene a inglés – o a cualquier otro idioma parecido – añadiría un decidido toque de elegancia por el hecho de “sonarnos a extranjero”.

Luego nos extrañará que sea frecuente oír a compatriotas nuestros aparentemente cultos recurriendo a expresiones inglesas para decir cosas que pueden igualmente transmitirse utilizando frases de nuestro propio idioma; frases que existen desde siempre pero parecen haber sido olvidadas tontamente como constato sin ir más lejos ahora mismo – y de esta forma cerraré mi artículo – tras la lectura de la entrevista efectuada a una bella actriz española, que, arrastrada por una pregunta sobre “qué es lo que la pierde”, confiesa ser una “food lover”. ¡Con lo sencillo que sería decir que es una “adicta a la comida”, una “amante de la buena mesa”, o cualquier otra expresión acostumbrada! Pues me permito asegurarles que el que a uno le guste demasiado hincar el diente no es cosa de los jóvenes de ahora. Y ante una pregunta sobre si en ella predomina el corazón o la cabeza, confiesa haber logrado, no ya una buena mezcla entre los dos, sino, literalmente un verdadero “mix”.

Pues sí que marcha bien la marca España si es que sobrevivió al ataque destructivo del gobierno…

PS: He aquí una breve enumeración de nombres de los establecimientos leídos en el lugar de referencia: Springfield, Hollister, Time Road, Pull and Bear, Flying Tiger, Levi´s, Jack and Jones, Sargent Major, Eureka Kids, Flying Tiger, Playmobil, Mister Blue, Foot Locker, Burger King, H&M, Betshka, Nature, Women´s Secret, The Good Burger, LLaoLlao, Douglas, Star Kepab, Svarovski, Doodles, Cachalot, Yogur Ice, Tony Roma´s, Dewey, Taco Bell, The United Colors of Benetton, Rituals, Doodle, Starbucks Coffee, Scalpers, Kiehl´s, Missako, Kokoshasha, The Wok, A Loja do Gato Preto, Orange, Parfois, L´Occitane, La maison coloniale, Bijou Brigitte, Intimissimi, Ginos, La Tagliatela, OVS (siglas cuyo significado desconocen los mismos empleados), Zara Home (en vez de Zara Hogar como pudiera parecer más propìo de una marca española), etc, etc. Y, naturalmente, El Corte Inglés, con el que identificamos la unidad de España pero que se llama precisamente así, tal como se escribe: con el adjetivo “inglés”.

 

 

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