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El mito del hablante nativo (y los ideólogos de la desideologización)

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Mi intención era escribir sobre el concepto de hablante nativo y lo que significa operar con él en los procesos de enseñanza/aprendizaje de lenguas, pero ser profesor de universidad pública en un país cuyo ministro de Educación reniega de la propia palabra “educación”, por estar “muy ideologizada” (sic), obliga a estar siempre dispuesto a cambiar el rumbo de nuestras intenciones, por lo menos en parte. Vivimos en estado de excepción. Y ese es un estado no solo político, sino también mental.

¿Qué tiene que ver la natividad con las lenguas? La gente es nativa de algún lugar, del sitio en el que nació, ¿pero lo es también de una lengua? En esa territorialización de los idiomas hay mucho más que simple identificación entre lugar de nacimiento y lengua hablada. Por detrás de esa relación se encuentra la idea de que todo el mundo pertenece a una comunidad monolingüe y nace, por lo tanto, en una lengua concreta, delimitada, como un territorio perfectamente mapeado y con fronteras bien dibujadas. Si todo eso es más o menos falso, o no completamiento cierto, pero aún así nos lo creemos como si fuera una verdad incuestionable, es por motivos estrictamente (¡que suenen las alarmas!) ideológicos. Me parece que no es arriesgado afirmar que la ideología del hablante nativo está relacionada con la del monolingüismo social, aquella que nos convence de que lo normal es que a cada nación/pueblo/comunidad le corresponde una y solo una lengua.

Además, la categoría “hablante nativo” suele identificar un ideal que no todos alcanzan, como si unos fueran más nativos que otros. Ser reconocido como hablante nativo de una lengua supone que tu forma de hablar esté, de alguna manera, homologada como representativa de esa lengua, en la zona iluminada por el foco del reconocimiento. En términos bourdieuanos, el hablante nativo fetén es el que habla la lengua legítima. Recuerdo haberme sometido, hace ya muchos años, aquí en Brasil, a un programa de ordenador para la práctica de la fonética del español, en uno de esos laboratorios de idiomas que en algún momento estuvieron de moda. Se trataba de repetir en el micrófono unas palabras y frases grabadas. Al final, el programa medía la distancia entre tu producción fonética y la que había sido propuesta como modelo y te daba una nota. Varios alumnos brasileños sacaron una nota mejor que la mía, supongo que por causa de mi evidente fonética gallega. “¿Pero tú no eras hablante nativo?”, me decían, confusos. “No debo serlo mucho”. La máquina normatizadora me había descubierto.

El concepto de hablante nativo en la enseñanza/aprendizaje de lenguas tiene una consecuencia directa muy relevante: despertar el deseo de hablar (¿de ser?) como uno de ellos. Y más aún, la idea de que eso, “pasar por nativo”, sería la única meta aceptable en los procesos de aprendizaje, como si los cursos de idiomas fueran parte de un programa de formación de espías. En realidad, las lenguas son habladas de muchas y muy diversas maneras, sobretodo las que están muy extendidas geográficamente, como es el caso del español. En teoría, habría tantos modelos de “hablantes nativos” como personas reconocidas como hablantes de esa lengua. Si eso no se toma en consideración es, simplemente, porque el modelo “nativo” no tiene nada de natural, es un modelo “normativo”. La discusión se plantea más bien en términos de enseñanza de normas reconocidas como tales en el ámbito hispánico. En Brasil, por motivos históricos, esa discusión suele presentarse como una dicotomía simplificadora entre el español de España y el de Argentina. Y no hay nada de nativismo aquí, sino pura discusión normativa.

Otra consecuencia de esa ideología es la valorización del llamado “profesor nativo”, que encontramos en tanta publicidad de cursos privados de idiomas y en anuncios por palabras ofreciendo servicios de enseñanza particular de lenguas. Hay dos problemas asociados con ese concepto de profesor. Por un lado, está la idea de que la lengua se enseña, y de que la enseñanza es simple transmisión de conocimiento. La torpe ilusión de que aprender una lengua es consecuencia de un proceso de transmisión entre profesor(a) y alumno/a, como si la competencia idiomática del profesor o profesora pudiera ser transferida, así, en bloque, de un cerebro a otro. La transmigración de las lenguas, una especie de metempsicosis en que lo que se transfiere de un cuerpo a otro no son almas, sino idiomas… No sé cómo es para otras personas, pero yo confieso que nunca conseguí hablar igual que mis profesores/as de lenguas. Porque, en realidad, la lengua no se enseña, se aprende. Y siempre mediante prácticas que permitan el desarrollo autónomo y compartido del proceso de adquisición.

Por otro lado, el conocimiento de quien enseña lengua no se reduce a la competencia idiomática. No basta ser hablante legítimo (nada de nativismo) de la lengua para ejercer convenientemente una actividad docente de esas características. Los conocimientos del profesorado de lenguas deben ir mucho más allá y comprenden conocimientos amplios de descripción formal y nociones de diversas áreas de los estudios del lenguaje: sociolingüística, pragmática, análisis del discurso, lingüística textual, lingüística aplicada… Eso permite sustituir la esquelética idea de enseñanza de lengua por la potente noción de educación lingüística, exactamente lo contrario de lo que propone el gestor de la destrucción de la educación pública en Brasil.

Una buena educación lingüística, además, debe hacer la crítica ideológica de las ideologías lingüísticas en vigor, estimular el pensamiento crítico, abrir los ojos a la diversidad y al reconocimiento de las diferencias, denunciar los esencialismos esterilizantes. Ese tipo de educación es funcional para el aprendizaje de lenguas, pero es, sobretodo, necesario para la formación crítica de la ciudadanía.

El compromiso con la educación lingüística nos exige la denuncia de la ideología autoritaria que pretende vaciar nuestro trabajo de contenido, que nos quiere convertir en trabajadores precarios al servicio de planes de control social. Una ideología que convierte todo (y eso incluye a hablantes, profesorxs, alumnxs, lenguas) en instrumento para la reproducción de la desigualdad y para la concentración de riqueza en pocas manos. El ministro de los negocios centrados en la instrucción precaria de trabajadores precarizados tiene razón al sentir miedo de la palabra “educación”.

 

 

 

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