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Medios, políticos y ‘marketing’ lingüístico

La autora aborda el fenómeno de la intoxicación de la lengua, impulsada por la clase política y algunos empresarios.

 

elmundo.es

HA NACIDO UNA NUEVA DISCIPLINA, creada con la connivencia de medios, políticos y empresarios, al dictado de un lenguaje que aparenta estética y cultura, pero que rezuma manipulación y oquedad. Ha nacido el ‘marketing’ lingüístico. O la mercadotecnia lingüística, para ser más exactos.

La profesión periodística tiene importantes funciones de responsabilidad social, entre ellas el buen uso del idioma y su difusión. Los medios informativos contribuyen a la universalización de la cultura, y por ello deben cuidar no solo sus contenidos sino también la forma de transmitirlos, y exigir a sus redactores la máxima corrección al expresarse. Esa responsabilidad con el idioma se deriva de su subliminal función formativa, pero también porque los periodistas necesitan la lengua como herramienta profesional. Y sería insensato maltratar los propios utensilios de trabajo. Por eso hay que cuidar el lenguaje, porque además no es propiedad de uno, sino patrimonio de la humanidad. Y es una obligación mantenerlo, al menos con la misma riqueza que tenía cuando lo recibimos en préstamo.

Ayudas existen. Tenemos a la RAE, en la que se sientan eruditos, incluidos periodistas, aunque sus constantes revisiones confunden más que aclaran. Porque ahora un ministro puede cesar a un director general, pero antes solo podía destituirle. Y ahora el adverbio recién citado (sinónimo de únicamente) no lleva tilde, cuando antes el bendito acento gráfico diacrítico aportaba significado. Tenemos también a la Fundéu, los utilísimos libros de estilo y otras llamadas de atención en forma de manuales de estilo, entre los que sigue siendo Biblia la aportación de Álex Grijelmo. Otros apoyos se han lapidado, como señaló Arturo Pérez Reverte hace unos días en su brillante discurso en el 30 aniversario de EL MUNDO, refiriéndose a los correctores de los diarios, que mejoraban los textos de los redactores con su conocimiento lingüístico pero a quienes los dueños de la prensa han aniquilado para ahorrar salarios. Los extintos correctores mejoraban las noticias, aunque lo cierto es que deberían ser prescindibles si cada redactor escribiese correctamente.

La principal intoxicación de la lengua de los medios ha sido ejercida por la clase política y empresarios en apuros, porque los periodistas han asumido al dictado su jerga partidista y manipuladora, hábilmente hilvanada para hacerse un hueco en las páginas de los periódicos, que les han seguido el juego convirtiéndose las más de las veces en plataformas promocionales. Y así se ha elevado a la categoría de noticia cualquier rueda de prensa y se han popularizado los eufemismos más inmundos transcribiendo incoherentes y ambiguas declaraciones: «reprogramación del gasto», «desaceleración sincronizada», «casta», «colectivos vulnerables», «suicidio ampliado», «cordón sanitario»… Sin olvidar otras expresiones políticas, que, por convencimiento o votos, desvirtúan significados de términos como «populismo» y «fascista» o proclaman los femeninos en sustantivos en los que etimológicamente no encajan.

No seré yo, feminista, quien los rechace, pero su antiestética forma repele, coincido con Lázaro CarreterJueza, edila…, que tanto la Fundéu como la RAE aceptan (la primera más claramente), son tan malsonantes como escuchar periodisto, taxisto, o la osada portavoza de Irene Montero. Los artículos solventan el género sin problema, lo que hace innecesario en este punto una lucha por el lenguaje no sexista.

Hay otras perversiones del lenguaje político, que los locutores también imitan en muchos casos. Como estirar vocales y hasta consonantes en la pronunciación con frenéticas diástoles o aquella que convierte en esdrújulas y hasta sobreesdrújulas palabras cuya sílaba tónica correcta es otra. Y así, con esta deformación grotesca del habla, oímos cómpetitividad résponsabilidad, trasladando a la entonación un énfasis ilógico, quizá con la intención que señalaba Grijelmo de pretender ganar peso y autoridad. Lo mismo que parecen perseguir los que se empeñan en emplear mayúsculas para escribir cargos, como si así los ocupantes ganaran importancia. Cargos que, por cierto, muchos ostentan, e incluso, por sorprendente que resulte, detentan.

En el caso del periodismo hablado -y tampoco aquí hay excusas con la especialización, ni siquiera con la pasión de la retransmisión deportiva: «Fulanito ha marcao el primer gol»- debería tenerse más cuidado con los metaplasmos, recordando esos apócopes que sobrepasan el coloquialismo para caer en la vulgaridad. Y qué decir de las sutiles epéntesis, tan desagradables para vista y oído, entre las que encontramos el odioso y archiutilizado preveer y la temida inflacción.

Error garrafal y muy frecuente es la mezcla de citas directas e indirectas en declaraciones, convirtiendo la oración en una aberración de sujetos y concordancias verbales. Un atentado lingüístico más explotado antes en el periodismo de agencia, pero que inunda ya todas las ediciones. Y también el queísmo, que ha llegado a superar al dequeísmo.

Algo más de benevolencia suscitan los neologismos, que son necesarios cuando no existe un término para referirse a cualquier objeto o acción fruto de la evolución, e incluso a modo de sinónimo para enriquecer el idioma, pero son detestables cuando sustituyen sin razón a otras palabras a partir de la deformación. Como crear el listado cuando ya teníamos la lista, o la problemática cuando ya teníamos el problema, con tan poca originalidad que mantienen el mismo lexema y prácticamente generan una paragoge («Adición de algún sonido al final de una palabra», RAE). Dicho esto, alguien debería premiar a la extraordinaria Frida Kalho por su propuesta de inventar un verbo tan hermoso como ‘cielar’.

La tecnología y sus novedades han tenido parte de culpa de la plaga de anglicismos, para cuya españolización debería hacerse un esfuerzo, porque ni la ortografía ni la fonética resultan próximas. Sin óbice para su presencia, recordando las palabras de Carreter: «el extranjerismo no es un invasor: acude porque se le llama». Y así una se encuentra con la duda entre parecer una analfabeta en inglés o una fatua en español: marketing, márquetin, mercadeo o mercadotecnia. Si antes no ha enloquecido al escuchar networking, partner, CEO, briefing, brainstorming, storytelling, account manager, selfie, hashtag, timeline, meme…

La amenaza ahora se instala también en las ediciones digitales en busca del clic, lo que ha llevado a prácticas esperpénticas en el periodismo. Una de las peores es el titular misterioso, que, lejos de resumir el contenido de la noticia y cumplir su función informativa, crea intriga sin aludir a la esencia y desinforma. El titular llamativo no es nuevo, pero la prensa digital se está haciendo experta en explotar la tendencia del sensacionalismo iniciado por Pulitzer. Un tema que da para otro artículo. Centrémonos ahora en cuidar nuestra lengua porque, como dijo Lázaro Carreter, «el idioma es nuestro patrimonio común más consistente».

Ángeles Durán es periodista y profesora doctora universitaria.

 

 

 

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